problemática entre el estado y la religion en españa

«España dejó de ser católica»

La oración de Azaña ha entrado en el achicado elenco de oraciones históricas populares. Varios podrían citarla, ciertos podrían explicarla y ciertos podrían haberla leído en el contexto en el que la ha dicho: el alegato del 13 de octubre de 1931, para llevar a cabo en oposición al maximalismo socialista —si bien no solo— que pretendía integrar en la Constitución la supresión de todas y cada una de las órdenes religiosas y la nacionalización de sus recursos. Su intervención parlamentaria, para muchos la mucho más refulgente de las que pronunció, propuso la inutilidad de semejante medida.

El mito de la Reconquista

El desacierto de emplear un término como Reconquista para argumentar el objetivo del islam peninsular procede de una causa mucho más profunda, relacionada con las adversidades insuperables que muestra cualquier intento de distinguir entre opiniones propias y foráneas, a menos que se realice desde la mucho más completa arbitrariedad. Si el islam se considera como una fe llegada de fuera es por una razón que asimismo forzaría a estimar al cristianismo como extranjero: ninguna de ámbas religiones tuvo su origen en la península. Por consiguiente, si una se cree como propia y otra como extraña es, simplemente, pues en algún instante se escoge que esto sea de esta forma, anteponiendo las ventajas que se estima obtener de esta problemática operación a las incongruencias en las que se incurre y también, aun, a las exorbitantes secuelas que se provocan. Las ventajas eran manifiestos, y de ahí que la preocupación de los Reyes Católicos por rodearse de una legión de notarios y cronistas que pusiesen sus hazañas en el contexto que convenía a su interés político: al enseñar la presa de Granada como culminación de ‘una Reconquista inmemorial, Isabel y Fernando mencionaban a una recóndita conquista anterior, lo que dejaba enseñar como protectora una guerra que, de la misma tantas de la temporada, ha podido ser de agresión. Además de esto, la insistencia en que sus acciones militares culminaban una pelea iniciada siglos atrás concedía una dimensión milenaria a sus ambiciones, dando permiso reclamar una cuenta particular, un privilegio, en frente de otros monarcas de la cristiandad, dentro y fuera de la península .

Pero, al lado de las ventajas, las incongruencias. Si el mito del apóstol Jaime sostuvo su vigencia durante los siglos fue por el hecho de que, de alguna forma, sirvió para solucionar lo que Claudio Sánchez Albornoz definió ilustrativamente como un misterio, en el momento en que tenía que ver con una contradicción, producto de tomar por hechos contrastados que ofrecía la publicidad al servicio del emprendimiento político de los Reyes Católicos. ¿Por qué razón España podía reclamar el cristianismo como una parte de su esencia si, exactamente la misma el islam, proclamado religión conquistadora y, consecuentemente, foránea, había surgido asimismo en el exterior de las fronteras? El mito tenía por función deshacer la contradicción, sostener la congruencia de una narración construida desde una arbitrariedad interesada: el apóstol Jaime extendiendo la fe en la península y, al final, sepultado en Galicia, se erigió en nexo argumental indispensable entre la crónica de España y la del cristianismo, con el ineludible corolario de transformar el enclave en el que la historia de historia legendaria situó la tumba en una segunda Tierra Santa. Merced a Jaime ahora la historia de historia legendaria construida a su alrededor, podía resolverse en parte la incongruencia de declarar nativa una religión que, como el cristianismo, no era menos foránea que el islam o el judaísmo si se atendía en el sitio donde brotó y no a aquel en el que se profesaba.

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