justicia social y desarrollo integral relacionado con la religion

La composición de esta área curricular se basa en 4 dimensiones relacionales de la persona.

El área Capacitación Integral Humana y Religiosa acepta y privilegia como horizonte de su accionar educativo 4 dimensiones relacionales de la persona que, entroncadas, forman el fundamento para la capacitación en valores y reacciones en un planeta dinámico y dispar con lo que favorece una relaciones mucho más profundas y equilibradas consigo, con el resto, con la naturaleza y con Dios, en un desarrollo que estimula consolidar el valor de la vida en sus campos personal, popular y espiritual.

Motivaciones personales justas: una sociedad fraterna

Tal es así que no se habla solo de enseñar de qué manera justicia y caridad tienen la posibilidad de ser incorporadas conceptualmente a través de la iniciativa de fraternidad, sino más bien de qué manera esta última ayuda a ofrecer forma a una concepción de la justicia. Se establecería una relación de continuidad entre los principios de justicia -que aquí tenemos la posibilidad de sospechar como vinculados con las demandas del bien común- y la motivación personal, esto es, no debe suponerse un corte entre el cumplimiento de los principios justicia y las causas que nos llevan a cumplirlos, tal y como si para cumplirlos necesitáramos incentivos centrados en el mejoramiento de nuestra situación. Benedicto XVI expresa esta concepción de la justicia de la próxima forma: “La ‘localidad del hombre’ no se fomenta solo con relaciones de derechos y deberes sino más bien con relaciones de gratuidad, de clemencia y de comunión. La caridad manifiesta siempre y en todo momento el cariño de Dios asimismo en las relaciones humanas, dando valor teologal y salvífico a cualquier deber por la justicia en el planeta” (CV 6). Esta afirmación es en especial atrayente, ya que supone estimar la justicia como algo que no se predica solo de las instituciones sino asimismo de las motivaciones de la gente. Por tal razón, el ex- Pontífice asegura que la gratuidad no habría de ser entendida como complemento de la justicia, sino como condición sin la que “no se consigue no la justicia” (CV 38). Este par de ideas remiten a un tema importante con relación a la iniciativa de justicia: a fin de que tengamos la posibilidad charlar de una sociedad justa no debemos comprender la justicia como la pura satisfacción de determinados principios o criterios que se aplican a las instituciones de una sociedad, sino una sociedad justa pide à a humanos con motivaciones justas. No deberíamos proteger una concepción de lo que es justo que busque llevar a cabo coincidente lo que me resulta conveniente a mí con lo que es justo llevar a cabo, tal y como si pudiese ser justo en la medida en que se fomenta el interés propio.

De la presencia de motivaciones que son expresión de fraternidad es dependiente que logre haber maneras de organización política, económica y popular que respondan a la demanda por la centralidad de la persona. Si estas motivaciones no hay, no contamos razón para aguardar a que la persona esté en el centro del avance y no, en cambio, el avance en el centro y la persona en la periferia. Esto quiere decir que una sociedad es justa en la medida en que predomina un ethos de la justicia compartido: un accionar justo internamente animado por el cariño al prójimo. Por tal razón, “La solidaridad debe captarse, frente todo, en su valor de principio popular pc de las instituciones, según el que las ‘construcciones de pecado’, que dominan las relaciones entre la gente y los pueblos, han de ser superadas y transformadas en construcciones de solidaridad, a través de la creación o la modificación oportuna de leyes, reglas de mercado, ordenamientos” (Compendio de la Doctrina Popular de la Iglesia, 193). Asegurar que, en sepa de incentivos, los humanos no están prestos a llevar a cabo cosas que mejoren la condición de los menos aventajados regresa implausible que se logre predicar la fraternidad. Esto querría decir que Jesús respondió a el interrogante de los fariseos señalando 2 mandamientos que solicitan de nosotros algo que no tenemos la posibilidad de ofrecer. No deberíamos adherir a ese pesimismo antropológico en tanto que, si lo hiciésemos, la fraternidad sencillamente no podría pasar, esto es, las construcciones de pecado no podrían ser transformadas en construcciones de solidaridad. Por tal razón, semeja razonable comprender las motivaciones fundamentadas en los incentivos como óbices morales (cfr. Juan Pablo II Sollicitudo rey socialis, 35) superables que, de no serlo, no podría calificarse de óbices morales. Si la fraternidad como amor al prójimo tiene algún sentido, debemos cuestionar la apelación a los incentivos para justificar algunas desigualdades y detallar el accionar que se apoya en él como elemento de la naturaleza humana. Solo negando esta clase de especificaciones probablemente halla espacio para asegurar la necesidad de que se hagan presentes ocupaciones económicas “de sujetos que eligen libremente por ejercer su administración movidos por principios diferentes al del mero beneficio, sin renunciar por este motivo a generar valor económico” ( CV 37).

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