fumaroli marc el estado cultural ensayo sobre una religión moderna

Retraía a André Malraux –que fue el presidente del que en un inicio se llamó Temas Culturales en 1959 y ocupó el cargo hasta 1969– ahora Jack Lang –que ocupó el cargo en el momento en que François Mitterrand era presidente, entre 1981 y 1986 y después entre 1988 y 1992– la financiación y el sostén de maneras de creación que podían realizarse y defenderse por sí mismas: la música rock, el tag. En 1959 De Gaulle crea el Ministerio de Temas Culturales y pone a la cabeza a Malraux. A mi juicio, no eran la reforma ni la optimización que se precisaban, sino más bien la apurada promoción de un propagandista respetado, admirado por la izquierda de la que procedía y amado por la última generación de modernistas “revolucionarios”, encabezada por Picasso ahora la que él mismo era un icono. El del ministerio vestido de arlequín sobre el cuerpo de este tragicómico elocuente se había arrebatado arbitrariamente en el secretariado de Preciosas Artes y en el dominio clásico de las academias. Además de esto, ominosamente, se añadió la “Dirección de democratización cultural”, el auténtico motor de este buque insignia surrealista. De entrada, la carencia de dinero impidió que este nuevo motor hiciese bastante, además de hacer ciertas “Viviendas de cultura”, un término soviético. Pero, con el tiempo, en la temporada de Mitterrand, resultó visible que la llamada “democratización cultural”, que en teoría había de ser el deber supremo del Estado, se vería arrastrada por el mercado estadounidense de la civilización de la diversión masivo, y servirlo de manera ingenua en lugar de accionar como contrapeso. Como eslogan estatal, la «democratización cultural» trabajaba en pos de la industria global del rock, los juegos para videoconsolas bélicos y la adicción prematura a las drogas tecnológicas, eliminando toda distinción entre la alta y la baja cultura, entre la civilización habitual y la civilización estandarizada de masas. Voy a poner un caso de muestra de las secuelas del cambio que se causó con la creación por y para Malraux del Ministerio de Temas Culturales. Desde Colbert había habido una beca de la Academia de Hermosas Artes en Roma. Dejaba a los alumnos que hubiesen ganado el Enorme Premio de Roma pasar 2 o tres años en Italia para estudiar a los enormes artistas italianos y de la Antigüedad. Si bien su amigo Picasso había pasado un buen tiempo aprendiendo la Antigüedad, Malraux creía que esta estancia en Roma era anticuada y la suspendió. La destrucción de esta tradición eliminó la continuidad de las artes francesas y de europa y coincidió, además de esto, con una dislocación general y rápida de géneros artísticos. Ahora no charlamos de pintura, estatua o grabado, sino más bien de Arte, con mayúscula. El Arte contemporáneo es lo que el artista desea imponer al público o al cliente, ignorando las convenciones que acotan el lote en el que cada arte puede ser comprendido, gozado o criticado. El alegato, de manera frecuente oracular, que da propaganda a la imaginación sin fronteras del llamado “Arte contemporáneo” ha sustituido a las artes como disciplinas, ahora menudo se transforma en la única situación de este arte. No queda sitio para la instrucción de los artistas, la oportunidad de que los profesores transmitan el trabajo a los estudiantes, el territorio sobre el que el apasionado del arte logre cotejar, valorar y perfeccionar su gusto.

Deja un comentario