el señor de los anillos y la religion catolica

Por Joshep Pearce

J. R. R. Tolkien

De ahí que primero hay que adentrarse en la cabeza del constructor, Tolkien (que no Dios).

John Ronald Reuel Tolkien era un ferviente católico gracias a la educación que le dio su madre, Mabel.

La red social del anillo

Otra similitud que logramos hallar es que el personaje primordial, Frodo, no logró esta hazaña solo sino contó con un conjunto de 9 personas que el acompañaron, hasta un punto, en su travesía para vencer la obscuridad. Como los acólitos y nuestro Señor que pasearon a lo largo de tres años juntos pero cuyo tramo final de la cruz, Cristo debió atravesarlo solo. No obstante, esto nos enseña que ningún propósito salvífico, puede o debe efectuarse de forma solitaria.

Me encanta este enigmático personaje bipolar. Esta criatura padece un trastorno psicológico, en el que 2 personalidades muy establecidas cohabitan, la víctima y el victimario. Esto le ocurrió al pequeño engendro para cargar con el peso del anillo maldito sin saberlo. Y el bien y el mal comenzó a tomar una manera combativa y explícita, hasta devolverlo en alguien desequilibrado y ingerirlo completamente. Lo interesante, es que, precisamente nos tenemos la posibilidad de detectar con Smeagol, por el hecho de que esta pelea pasa regularmente en nuestro interior, así como lo cuenta Pablo “El mal que no deseo esto hago y el bien que deseo no lo hago”.

Una fe que inspira, si bien no se observa

Si bien Tolkien jamás deseó llevar a cabo de El Hobbit o de El Señor de los Anillos una alegoría de su fe (como sí que logró con sus proyectos, por poner un ejemplo, su amigo (CS Lewis), indudablemente su fe y sus opiniones se reflejan en el entramado ética de su cosmos fabuloso.

El interrogante sigue: ¿De qué forma el catolicismo de Tolkien influyó en su obra?Ciertos incrédulos podrían cuestionar la propuesta que hay tras el interrogante.Tras todo, afirmarían, la fe de Tolkien (fundamental en su historia personal), no va impactar de forma directa en su conocida obra: «Me enfada cordialmente la alegoría en todas y cada una de las declaraciones», afirmaba Tolkien en la introducción en la segunda edición de El Señor de los Anillos, «y siempre y en todo momento fué de esta forma desde el instante en que me hice viejo y precavido para advertir su presencia.» Aceptando una reconvención instantánea, los incrédulos deberían aceptar nada que su fe no necesita una representación alegórica detestable en la novela.

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