el concilio vaticano ii y las religiones no cristianas

Jaume Flaquer. El Concilio Vaticano II inauguró una exclusiva temporada en las relaciones de la Iglesia Católica y el resto religiones. Por vez primera en un artículo oficial se reconocía y apreciaba “todo lo bueno” que hay en el resto religiones. Por vez primera, la Iglesia hacía un esfuerzo por ver de otro modo a esos que no están doctrinalmente en comunión. Esta mirada por el momento no es anatemizante, sino está empapada de deseos por seguir las huellas de Dios por su creación. El planeta por el momento no es visto como sitio amenazador y arriesgado para la ética y la doctrina, ni es vivido como un exilio del que se estima salir un día para regresar a la patria celeste. El planeta se revela nuevamente como sitio de acercamiento.

Aquel velo del Templo, del sancta sanctorum, que se rasgó por la irrupción de la desaparición de Jesús y que apartaba lo sagrado del profano, el sitio de acercamiento del sitio de exilio, salió reteando a de a poco por medio de los siglos. Las puertas de la Iglesia, protectoras y también incomunicadoras, han quedado finalmente cerradas, definiendo precisamente un dentro y un afuera, un cobijo y una intemperie, un espacio de salvación posible y un espacio como condena indudable.

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Hace pocos días, el Papa Francisco, en Kasajistán, participó en una asamblea mundial de líderes religiosos, no solo cristianos, sino más bien asimismo musulmanes, judíos, animistas y otras religiones habituales. En las fotografías, hace aparición el Papa en una enorme mesa redonda, igual que con el resto. Frente esto, no falta quien le acuse de estar relativizando la relevancia de nuestra fe católica, tal y como si todas y cada una de las religiones valieran lo mismo. Idéntica crítica se realizó en San Juan Pablo II, y después en Benedicto XVI, por haber impulsado asambleas afines en Agarráis. Esto nos recuerda a los judíos conversos al cristianismo que criticaban a Pedro por haber ido a comer a casa del pagano Cornelio.

Varios de estos críticos de los Papas no han asumido lo que el Concilio Vaticano II nos logró ver: Que Jesucristo es el único intermediario entre Dios y la raza humana, y que la Iglesia tiene la misión de ser sacramento de salvación universal y luz para toda la raza humana, en Cristo y por Cristo, pero que Dios tiene sus caminos misterios para comunicar su amor y su historia de forma enigmática, solo famosa por su Espíritu, asimismo fuera de la institución eclesial, y que los de otras religiones no católicas forman parte asimismo del secreto de la redención en Cristo, en tanto que Dios desea que todos y cada uno de los humanos se salven en Él. El Concilio nos logró entender el secreto de la Iglesia no como una institución encerrada en sí, sino más bien valorando los dones de Dios, las «semillas del Verbo», y ofertando la plenitud de la revelación, que es Jesucristo.

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