dios no existe lo que existe es la religion

La noción de Dios está presente allí donde hay hombres. En ocasiones asimismo de manera demacrada. Por vez primera esta noción fue planteada de manera conceptual a la filosofía griega y asimismo por vez primera en Israel perdió su carácter de noción y se transformó en una experiencia de fe social hasta el momento en que después en exactamente el mismo Israel hace aparición Jesús de Nazaret y afirma: «Quien me vió a mí vió al Padre». No obstante, la cuestión sobrevive hasta nuestros días, desafiante: ¿Se corresponde esa noción con algo real? Entendemos lo que pensamos en el momento en que mencionamos «Dios». Es cierto que contamos, como afirma Kant, un concepto pura de este altísimo ser, un «término que tiene dentro y corona toda la experiencia humana»; pero ¿por qué razón opinar que esta noción se corresponde con una «situación objetiva», como afirma asimismo Kant? ¿Qué razón poseemos para opinar que Dios es algo mucho más que un concepto, y exactamente en qué nos fundamos para opinar que hay?

Respuestas se dieron múltiples, desde la negación atea hasta la posición agnóstica —que niega la oportunidad de ofrecer contestación a la cuestión de Dios—, pasando por la afirmación de quienes suponen que hasta la actualidad no se encontró ninguna contestación bastante exitosa. Todas y cada una estas posiciones, si bien equivocadas, meritan respeto, puesto que frente todo argumentan a convicciones humanas —no pues sean verdaderas sino más bien por el hecho de que hay personas que se identifican—.

Críticas y reparos a la apuesta de Pascal

Como era de aguardar, a este razonamiento le comenzaron a aparecer varios opositores y las objeciones corrieron como la pólvora . Una objeción muy popularizada se apoya en que es realmente difícil opinar en la presencia de algo sobrehumano sencillamente por una cuestión de pragmatismo. Si bien alguien nos ofreciese una enorme suma de dinero en lugar de opinar que las vacas desean, seríamos inútiles de creerlo, por más que lo intentáramos. Podríamos asegurar que lo suponemos, eso sí, pero de todos modos estaríamos mintiendo.

Nuestro Pascal se apuró a rebatir esta objeción. La conversión –según el excelente pensador francés– debería ocurrir pausadamente por medio de un desarrollo de autosugestión. Al comienzo todo podría semejarnos absurdo, asistir a la Iglesia todos los domingos, leer la Biblia, rezar, pero conforme el tiempo fuera transcurriendo, el sentimiento espiritual comenzaría a calar en nosotros. En otras expresiones, a partir de reiterar cada día exactamente las mismas prácticas, terminaríamos asegurándonos un ubicación en el cielo.

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