descargar tratado de historia de las religiones mircea eliade

¿De qué manera nació el sentimiento espiritual? ¿Cuáles fueron las primeras religiones de la raza humana? ¿De qué manera se dieron a conocer las nociones de sacralidad, sacrificio, salvación, oración, rito o clero? ¿De qué forma se pasó de la creencia en múltiples dioses a la fe en un Dios único? ¿Por qué razón la crueldad está relacionada con tanta continuidad a lo sagrado? ¿Por qué razón hay múltiples religiones? ¿Quiénes son los creadores de las considerables tradiciones religiosas y cuál es su mensaje? ¿Cuáles son las similitudes y diferencias escenciales entre las religiones? ¿Asistimos hoy en día a un choque de religiones? Estas cuestiones, entre otras, preocupan a una gran parte de nuestros contemporáneos, en tanto que la crisis de las instituciones religiosas en Occidente tiene como corolario un interés creciente por la religión, contemplada como fenómeno cultural. No obstante, la creencia en un planeta invisible (una situación supraempírica) y la práctica de rituales colectivos que mencionan a ella –es tal como definiría la religión– acompañan a la aventura humana ya hace cientos de años. De hecho, la religión está íntimamente relacionada, desde su origen, a las diferentes etnias humanas. Lo doblemente destacable no es solo que ninguna sociedad humana de la que tengamos novedad esté exenta de opiniones y rituales religiosos, sino estos hayan evolucionado según esquemas afines mediante una enorme variedad geográfica y cultural. Es esta historia religiosa de la raza humana la que procuraré contar aquí. Pretendo llevarlo a cabo de la manera mucho más neutral viable, sin producir juicios, adoptando la actitud del pensador y el historiador. En otras expresiones, no me planteo de manera directa el interrogante del porqué de la religión, pregunta que remite en último término a prejuicios ideológicos, que dismuyen a una posición fiel (pues Dios existe) oa una posición atea (por el hecho de que el hombre teme la desaparición ). Esto no significa que uno no logre interrogarse sobre el papel popular de la religión o preguntarse a qué pretensiones particulares puede contestar. Pero charlar de la necesidad de la religión no significa, para una cabeza no partidista, achicar siempre el fenómeno espiritual a una función psíquica o popular condicionada por el instinto o, al contrario, estimar su permanencia y universalidad como signos de la presencia de fuerzas superiores. Como observaremos en el hilo de estas páginas, la historia exhibe que lo espiritual concierne a tendencias psíquicas distintas y contradictorias – deseo, temor, amor, ideal…– y participa de forma del mismo modo diversa en la construcción de las sociedades: cohesión popular, ética, reglas , crueldad, solidaridad, exclusión… Es, por consiguiente, procurar evaluar la presencia o la inexistencia de una situación suprasensible (llamada Dios por los monoteísmos) desde la observación del hecho espiritual. Este traduce una aspiración humana universalmente popularizada, pero no puede notificarnos seguramente sobre la fuente última de la que procede el sentimiento espiritual. Me contentaré, ya que, con detallar aquí de forma específica el de qué manera de la religión así como se la puede aprender en el estado de hoy de nuestros entendimientos. Y esto se realizará desde una visión histórica cronológica: ¿de qué forma apareció el sentimiento espiritual? ¿Cuáles fueron las primeras opiniones y los primeros rituales? ¿De qué forma se desarrollaron según con la evolución de las sociedades y la creciente dificultad de su organización? ¿De qué forma nacieron y de qué manera se desarrollaron las considerables religiones históricas? Para efectuar mi emprendimiento, he usado un volumen de materiales inmenso, fruto de los trabajos de cientos y cientos de estudiosos ya hace décadas. Me he apoyado en especial en la Encyclopédie des religions, que he codirigido con Ysé Tardan-Masquelier (Bayard, 1997) y en el que cooperaron ciento 40 expertos de todo el planeta. He intentado aquí actualizar, facilitar y sintetizar este comprender enciclopédico para llevarlo a cabo alcanzable al límite número viable de leyentes y, más que nada, lo totalmente revolucionario, inscribirlo en la manera de un paseo histórico que comenzó hace cerca de cien mil años. Este corto tratado se distribuye en 2 partes. La primera, la mucho más original, se atrae por el nacimiento del fenómeno espiritual y su evolución hasta precisamente el año 1000 a. C. La segunda parte estudia una a una las considerables tradiciones religiosas que nacieron desde ese instante –en lo que Karl Jaspers llama la «edad axial de la raza humana»– y que prosiguen estando actualmente, insistiendo en los instantes creadores y en los instantes fuertes de su evolución. Cada capítulo se cierra con una corto evocación de la situación de hoy. Volveré de manera mucho más general a la conclusión sobre la situación de la religión en el planeta moderno. La historia equiparada de las religiones es una ciencia ahora mucho más que centenaria y se ha enriquecido con nombres reputados del pensamiento: Max Müller, Karl Jaspers, James Frazer, Rudolf Otto, George Dumézil, Mircea Eliade, René Girard y otros varios. Una pregunta teorética central ha preocupado a varios de estos pensadores: ¿sintió en la evolución religiosa de la raza humana? En otras expresiones, ¿se pasa de lo imperfecto a lo especial, de una religiosidad primitiva a otra mucho más evolucionada? Volveré a la conclusión de este libro sobre esta polémica cuestión, que apela siempre a juicios de valor. Durante este estudio histórico y comparativo he intentado ajustarme a los hechos, comprobando tanto las evoluciones y roturas como los elementos de continuidad. Ciertos hechos van a poder incordiar a los fieles poco acostumbrados a una lectura histórica racional: en el momento en que explico, en especial, la manera en que las religiones toman elementos unas de otras o la manera en que sus libros sagrados se han configurado de forma progresiva. En ningún instante intento enseñar que una religión sea mucho más verídica o mejor que otra, como tampoco pretendo demostrar que la religión sea, en esencia, buena o mala. Históricamente, y el lector se va a dar cuenta a lo largo de este largo paseo, las religiones se detallan bivalentes: segregan cohesión popular (entre las etimologías latinas de la palabra religión significa precisamente «religar»), pero asimismo crueldad; compasión por el prójimo, pero asimismo exclusión; independencia y enajenación; comprender y oscurantismo. Indudablemente, no todo lo mencionado en exactamente el mismo nivel, ya que cambia según las etnias y las temporadas. Es, por consiguiente, estimar encerrar a las religiones en un divido blanco o negro y no ver mucho más que fermentos de paz y de avance o, por contra, sitios de obscuridad y crueldad. Pensador de capacitación, soy acólito lejano de Sócrates, quien confirmaba que la ignorancia se encontraba en la raíz de todos y cada uno de los males. No obstante, es obligado constatarlo, tratándose de las religiones, la ignorancia y los prejuicios –los de ciertos fieles como los de ciertos ateos– prosiguen floreciendo en nuestras sociedades por marcadas que estas se hallen por la ciencia y la preocupación por la racionalidad. En un planeta donde las religiones se intercalan y chocan entre sí y donde prosiguen desempeñando un papel fundamental, no es el día de hoy capital, tanto para fieles para no fieles, intentar entender el fenómeno espiritual, comprender mejor, sin juicios a priori. ¿las considerables religiones de la raza humana, sus distintos arraigos culturales y las cuestiones universales de las que son portadoras? PRIMERA PARTE ORÍGENES RELIGIOSOS DE LA HUMANIDAD 1 La religión original Absolutamente nadie va a saber jamás lo que ocurrió verdaderamente ese día, hace precisamente cien mil años, en Qafzeh, cerca del presente Nazaret, en Israel. seguramente la escena resultó increíble. Traídos por los suyos, que los arqueólogos llaman protocromañones o viejos Homo sapiens, 2 fallecidos fueron sepultados en una fosa: una mujer de veinte años, depositada sobre el lado izquierdo, en situación fetal, ahora los pies un niño de unos seis años , acurrucado. A su alrededor, quizás sobre los cuerpos, proporción de ocre colorado, testigo de un ritual funerario. ¿Qué sentimientos animaban a quienes continuaron a esta inhumación deliberada, entre las mucho más viejas que se conocen? ¿Estaban tristes? ¿Aterrorizados? ¿Y por qué razón habían roto las prácticas del resto mamíferos, incluidos sus ancestros, que se separaban de los cuerpos y los abandonaban sin más ni más en el momento en que la vida dejaba de animarlos? Primeros rituales de la desaparición Las excavaciones emprendidas en Qafzeh desde 1930 por el cónsul de Francia en Jerusalén, André Neuville, y simultáneamente en el sitio vecino de Skhul por la arqueóloga británica Dorothy Garrod, anunciaron treinta sepulturas. temporada, conteniendo cuerpos estirados en la mayoría de los casos sobre un lado, con las piernas flexionadas, cubiertos de ocre. En 2 se habían depositado elementos: una mandíbula de jabalí al lado de un adulto, una cornamenta de cérvido a manos de un joven. Elementos rituales, presentes indefectibles de la presencia, desde ese instante, entre nuestros ancestros, del pensamiento simbólico que caracteriza al humano. Es en estas tumbas, de cien mil años de antigüedad, donde se observan las primeras muestras de religiosidad humana. Una religiosidad que se expresa por medio de rituales portadores de sentido y que va alén de la fácil emoción, de la que, probablemente, tienen la capacidad los animales en frente de la desaparición de esos que les son próximos. Hay signos de que, de hecho, dejan meditar que la escenificación que circunda a estas inhumaciones expresa la creencia en una vida tras la desaparición, en otras expresiones, en un planeta invisible donde los fallecidos proseguirían estando. La posición acurrucada del feto en el que son depositados los cuerpos, y que se observará después en todas y cada una de las religiones de todo el mundo, significa, según la hipótesis mucho más elogiable, que la desaparición es concebida como un nuevo nacimiento. De igual forma, la cabeza está, por norma general, apuntada hacia el Este, la dirección donde sale el sol. El cuerpo no queda descuidado en su soledad: conforme avanza la evolución de la raza humana, se depositan elementos poco a poco más complejos a su lado. ¿Es para secundarle en este enorme viaje que inicia, o para poseerlo contento a fin de que no vuelva para importunar a los vivos? Las dos hipótesis no son inconciliables, y las dos testimonian la creencia en la supervivencia del alma. Muchas veces en el Paleolítico medio, y sistemáticamente en el Paleolítico superior,1 las sepulturas poseen sílex cortados para defenderse, comer, como testimonia el estudio de las atrevidas animales encontradas cerca de los cuerpos, y piedras cinceladas cuyas muescas el día de hoy indescifrables, tenían indudablemente un sentido simbólico exacto para los artistas que las cortaron. Otro hecho importante: los fallecidos están inhumados a determinada distancia de los vivos. Verdaderamente, el hombre del Paleolítico es un nómada cazarrecolector que ignora la oportunidad de crear cobijos y se desplaza según las estaciones, en función de lo que le proporciona una naturaleza que todavía no ha aprendido a domesticar. No obstante, las huellas de campamentos, localizadas por el análisis de los restos de fuego y de alimento, están de manera sistemática alejadas de lo que tenemos la posibilidad de llamar los primeros cementerios. En Skhul, por poner un ejemplo, múltiples cientos y cientos de metros apartan la gruta funeraria donde fueron sepultados diez esqueletos de otra gruta encargada de la vida diaria. Y no es tanto del fragancia del cadáver en descomposición de lo que desean escapar los vivos (los cuerpos están cubiertos por capas de tierra y de piedras), como del propio cadáver, probablemente fuente de inquietudes, aun de terror. No contamos otro rastro en lo que se refiere a la religiosidad creada por el homo sapiens ya hace centenares de miles de años. Ignoramos de qué manera concebía la supervivencia de estos cuerpos, lógicamente acicalados para otra vida. La investigación arqueológica no deja no asegurar alguna forma de creencia en un dios o en dioses, en espíritus naturales o ancestrales: aparte de estas sepulturas, nuestro antepasado, que cortaba sílex y también ideaba las primeras herramientas, dando de esta forma exhibe de aptitud de innovación, aun de una conceptualización principiante, no dejó huellas de sus mucho más íntimas convicciones. El arte prehistórico Van a pasar una cantidad enorme de años (¡una nadaría a escala de la raza humana, que tiene tres millones de años!) antes que el hombre descubra un medio de expresión nuevo: el arte, antepasado de la escritura. Las pinturas rupestres mucho más viejas, halladas en Australia y Tanzania, datan de hace mucho más de 40 y cinco mil años. No se habla ahora de muescas cortadas en piedras de formas extrañas, un ejercicio al que nuestros ancestros ​​se entregaron ya hace trescientos mil años, sino más bien de verdaderas pequeñas situaciones que representan a animales y humanos. Tampoco hablamos de una peculiaridad propia de determinados conjuntos, en varias zonas geográficas: decenas y decenas de millones de pinturas y grabados paleolíticos fueron descubiertos hasta la actualidad en ciento sesenta países, en los cinco continentes. Son «los ficheros mucho más voluminosos que tiene la raza humana sobre su historia antes de la invención de la escritura», redacta el paleoetnólogo Emmanuel Anati, que califica los emplazamientos de arte prehistórico, con frecuencia cuevas, de «catedrales» en el sentido espiritual del término.2 ¿Tienen un sentido estas proyectos? El interrogante comenzó a proponerse en el siglo XIX, en el momento en que los arqueólogos han tomado conciencia de su crónica, que se remonta a millones de años. La proposición de Édouard Lartet (1801-1871), que protege el principio del arte por el arte, fue velozmente desmantelada por Salomon Reinach (1858-1932), después por el abad Henri de Breuil (1877-1961) ), que desarrolló una teoría del arte mágico: al colorear situaciones de caza, el hombre atrapaba la imagen de los animales que deseaba apresar, antes de atrapar a los animales en carne y hueso. Se difundieron otras hipótesis distintas para procurar ofrecer un sentido a ese colosal patrimonio de la raza humana que nos fué legado: una expresión de los mitos del origen, una oda simbólica a la sexualidad y, mucho más últimamente, la teoría chamánica desarrollada en 1967 por Andreas Lommel,3 y creada en 1996 por Jean Clottes y David Lewis-Williams.4 Según estos últimos, las pinturas y grabados, en los que los animales son precisamente dominantes, no representan a los animales mismos, sino son los espíritus de los animales apareciendo de la roca, a los que los chamanes de la prehistoria invocaban y con los que se comunicaban en sus trances rituales. Los elementos charlan en pos de esta proposición, particularmente la ubicación geográfica de los enormes centros de arte prehistórico, ubicados en la mayoría de los casos en zonas yermas, poco favoreces a las ocupaciones de caza y recolección: el Neguev en Israel, las lomas de Dahthami en Arabia, el Kalahari en África del Sur, Uluru en Australia… En otras expresiones, no son las cuevas habitadas las que eran decoradas, sino más bien sitios reservados particularmente a esta actividad, con lo que muy probablemente ritualizada. Por otro lado, se puede entablar un paralelismo con las últimas ciudades de cazadores-colectores, es verdad que en vías de extinción, pero que pudieron ser observadas hace unas décadas en Australia, África o en la Amazonia. No obstante, los testimonios de los etnólogos coinciden: las pinturas sobre roca, madera o hueso fueron efectuadas en general, comentan, en el lapso de largas liturgias de iniciación, y tienen por objeto abrir las vías de comunicación con otro planeta, un planeta sobrehumano, siendo la participación en el ritual una condición de su éxito. El planeta invisible Jamás entenderemos cuál de estas hipótesis es la buena. Es realmente posible que una conjunción de causantes forme la auténtica clave de interpretación de la producción artística prehistórica, cuyas pretenciones son probablemente múltiples, incluyendo la magia y la comunicación con el planeta sobrehumano, con la meta de procurar controlar una naturaleza que, en esos tiempos, no es sino más bien secreto. Por tranquilidad, voy a llamar el pensamiento espiritual del Paleolítico «chamanismo», nombre que se dio, en la época del siglo XIX, a las religiones de los pueblos primitivos, en referencia al samán tungús, que brinca, baila, se bate: el chamán que entra en tránsito en el momento en que se asocia con los espíritus. El chamanismo es una religión de la naturaleza que se desarrolló en el seno de ciudades que vivían en profunda fusión con ella, entre hombres que formaban una parte de esta naturaleza de manera viva, que no eran extraños a ella, y que no se contentaban con observarla. Cazadores-colectores de técnicas toscas, vivían en pequeños clanes, en los que seis o siete hombres mayores cazaban a los animales mayores con piedras y azagayas, ocupándose quizás las mujeres de la recolección y de los pequeños, cuya concepción era indudablemente un secreto para ellos. Tributarios de las estaciones, de la lluvia, del sol, estos hombres vivían fenómenos externos que les superaban: los nacimientos, las tormentas, el retorno de la primavera y la floración de los árboles, los terremotos… Fenómenos cuyas causas conocemos hoy en día , que somos aun capaces de adivinar, pero en frente de los que ellos estaban completamente desamparados. Pese a las habilidades de abstracción y síntesis que habían creado (o, mucho más bien, merced a ellas), no podían en definitiva, en su pobreza técnica, ofrecer otras explicaciones que las sobrenaturales a hechos que, como la salida y la puesta del sol, nos semejan en este momento absolutamente insípidos. En todos y cada interrogante solo una contestación sobrehumano parecía correcta. «Era visible para el hombre que la naturaleza desprendía energía; el calor y el frío, la luz y las tinieblas eran la expresión de una naturaleza no estática. La inclinación a prestar conciencia y intención a estas energías es un arquetipo humano que apareció en el arte de los cazadores anticuados. Su antropomorfización, esto es, atribuirles fachada humana, es un desarrollo mucho más tardío», mantiene Emmanuel Anati en el final de décadas de trabajos de campo.5 Hoy en día, mediante las etnias chamánicas que han subsistido, en especial en Siberia, tenemos la posibilidad de procurar hacernos un concepto de lo que fue la primera religión de la raza humana, que después se configuró y desarrolló a lo largo de múltiples millones de años. Para sostenerse relajado frente a los imprevisibles, amenazas y riesgos que la naturaleza hacía aparecer frente ellos, para expresar al tiempo el sentimiento de admiración que experimentaba dada esta excelencia y majestad, el hombre dio una substancia al planeta invisible . Puso nombre a los espíritus con los que podía negociar para atraerse sus favores. Posiblemente ciertos individuos, mucho más dotados que otros para este género de negociaciones, destacaran prontísimo del grupo. No son curas en el sentido de que el día de hoy lo comprendemos, sino más bien cazadores como el resto que, sencillamente, tienen la capacitad, en el momento en que su necesidad se hace sentir, de preguntar a estas fuerzas que se olvidan de mandar animales o que ocultan el sol tras nubes oscuras. En las ciudades chamánicas estudiadas por los etnólogos modernos, los inuits del Enorme Norte, los bushmen del África austral o los indígenas de Australia, cuyo modo de vida fué hasta recientemente muy próximo al de los cazadores colectores de la prehistoria, ese hombre providencial sabe seguir a intercambios con los espíritus, sabe ofrecerles una compensación en concepto de fuerzas vitales a cambio del alimento retenido. Es un trueque de una cosa por otra muy servible, muy racional, al fin y al cabo, que no incluye ni frases ni sacrificios. Una sola religión primitiva

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