cómo trabajar la belleza está en el interior en religión

Carta de Juan Pablo II a los artistas Con fecha del domingo de Resurrección, el Papa termina de difundir una Carta apuntada a los artistas. Había hablado del arte previamente, en 1994, con ocasión de la inauguración de los frescos de la Capilla Sixtina que, tras su restauración, habían recuperado la luz y el color auténticos. Avalado por su experiencia como poeta, actor y escritor de teatro, Juan Pablo II se mete en los misterios de todo el mundo artístico, comentando del arte del pasado y del futuro.

Es un hecho, empieza diciendo el Papa, que el cristianismo, con mayor o menor fortuna, se ha aliado con el arte. Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha necesitado a artistas para el aviso del Evangelio. Los primeros símbolos de la Eucaristía -el pan y los peces-, las basílicas, la poesía de los himnos y frases, el canto gregoriano, son solo ciertos ejemplos precoces de esta fecunda colaboración entre arte y fe. La Iglesia jamás ha menospreciado la palabra y la imagen, la música y la materia para dar a conocer su mensaje. Lo opuesto supondría aun caer en una herejía: la de los incoformistas (cf. n. 7).

¿La sociedad de consumo está en oposición a la espiritualidad?

La sociedad de consumo vive maravillada con las apariencias, con la hermosura del cuerpo humano y su exhibición; vive ofuscada con el estatus, tener, controlar y tener.

Lo sublime: de lo estético a lo político

En el contexto de un nuevo interés por la catástrofe en el campo de la reflexión filosófica del siglo XVIII un inconveniente empieza a ganar espacio: el interrogante sobre la atracción que la representación de actos de crueldad y padecimiento ―ejecuciones, naufragios, fealdad― provocan en nosotros como espectadores. Lo que requería una contestación lógica y ética atañía la pregunta sobre de qué manera la experiencia estética del mal del resto podía, no obstante, probarse como placentero. Dicho de este modo, tenía que ver con de qué manera concebir que el mal humano fuera apreciado estéticamente en el momento en que al tiempo se tenga la intención sistemática de reducir el padecimiento humano. Estos problemas fueron asumidos de forma franca por lo menos por tres enormes pensadores del siglo XVIII: el abad francés Jean Baptiste Dubos7, la lengua inglesa Edmund Burke8 y Moses Mendelssohn. Este último ahora en su primer escrito Über die Empindungen (Sobre los sentimientos) se interrogaba:

Este rocoso escollo que se eleva allí arriba, sobre el murmulante corriente, tiene un aspecto horrible. La vertiginosa altura, el engañoso temor a caer y el hundimiento con el que semejan amenazar los extractos que cuelgan alrededor, nos fuerzan de manera frecuente a separar su mirada desconcertada. Solo que, tras un pequeño alivio, volvamos a regentar nuestros ojos a ese alarmante objeto. La horrible vista agrada. ¿De dónde saco ese extraño confort?9

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