como considera a dios y la religion el nihilismo

Redactar sobre el Nihilismo piensa emprender múltiples cuestiones inherentes a la condición humana. Es cierto que la cuestión del nihilismo resulta inabordable en único producto. Por su relevancia y trascendencia en todo el siglo XX y asimismo en nuestra temporada de hoy, nuestro primer análisis del nihilismo debe girar cerca de Friedrich Nietzsche y asimismo de Martín Heidegger en diálogo con aquel, expresado en el tomo II de la su obra “Nietzsche”.(1)   El nihilismo es un fenómeno viejo, antiquísimo, que fué oculto durante los siglos y que se descoculta o mucho más bien que se expresa abiertamente con la proclamación de la “muerte de Dios” por Nietzsche y por la consumación de la metafísica platónica y por consiguiente judeocristiana, analizada por Heidegger. Estas ideas formarán la interfaz de despegue de la posmodernidad, del personismo, de todo el mundo hiperconsumista, de la sociedad del peligro y, naturalmente, de la sociedad líquida. Voy a describir la gigantesca contradicción del Homo Sapiens que por una parte está a puntito de tomar la dirección de su evolución y por otro está tramando su autodestrucción y la de su casa la Tierra. Ya que bien, tras todos estos acontecimientos hay un trasfondo nihilista que debemos sobrepasar. Precisamente el planeta de hoy es, en parte importante, consecuencia de esas ideas primigenias. Y todos estos nuevos movimientos deberé abordarlos desde la visión nihilista, a propósito muy importante en todos ellos, para llenar con rigor este estudio del nihilismo que empieza en el presente artículo. Y todo lo mencionado debe llevarme a procurar una iniciativa de superación del nihilismo desde la estela dejada por Nietzsche y Heidegger, pero por vías científicas el día de hoy considerablemente más firmes. Pues la salvación del humano de hoy es dejarse apoderarse por la ciencia que él mismo creó y esto comporta un esfuerzo de la intención completamente acorde con el meditar nietzscheano. Hubo en oriente, en concreto en El país nipón del siglo XX, una forma de filosofar encuadrada en la Escuela de Kyoto, cuyo máximo exponente fue Nishitani Keiji y su filosofía de la nada, atrayente derivación a la de Japón de la filosofía heideggeriana. Nishitani fue acólito directo de Heidegger, exactamente a lo largo del curso dado por el profesor de Friburgo a lo largo de 1938 que formó el núcleo central de su obra sobre Nietzsche. Tengo un producto anunciado sobre esto (2). Creo de enorme interés refererir un artículo de Martin Heidegger que se titula sobriamente «La oración de Nietzsche dios está muerto» (3), en el que efectúa una lectura que une esta interpretación relacionada con el campo espiritual, a la tradición filosófica con la que Nietzsche dialogaba. al redactar esta aseveración. Sobre esto afirma Heidegger:   El campo de lo suprasensible   “Esta oración nos declara que la fórmula de Nietzsche sobre la desaparición de Dios hace referencia al dios católico. Pero tampoco cabe duda –y es algo que hay que meditar por adelantado– que los nombres Dios y dios católico se emplean en el pensamiento de Nietzsche para designar al planeta suprasensible por norma general, Dios es el nombre para el campo de las ideas, los idóneas. Este campo de lo suprasensible pasa por ser, desde Platón o explicado de otra forma, desde la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el único planeta verdadero y ciertamente real. Por contra, el planeta sensible es solo el planeta del mucho más aquí, un planeta dinámico por consiguiente únicamente aparente, irreal. El planeta del mucho más aquí es el valle de lágrimas, en oposición a la montaña de la eterna beatitud del mucho más allí. Si, como sucede todavía en Kant, llamamos al planeta sensible ‘planeta físico’ en sentido extenso, entonces el planeta suprasensible es el planeta metafísico.” Tras esta aclaración cabe decir que Nietzsche, tras postular la desaparición de Dios, luego de toda metafísica (y hasta ese instante la filosofía había sido en parte importante metafísica aún ahora con fuertes contestaciones), vio con claridad que el hombre debía estudiar – y de este modo lo redacta en su obra “Ecce Homo” (4) a entusiasmarse, superarse y autoadministrarse; o sea, a trascender de la mayor parte poniendo en juego sus habilidades movido por la fuerza de su intención. Para mí, sencillo intérprete de la filosofía nietzscheana, este es el principio de la urgencia del SuperHome. Más tarde, esta iniciativa se desarrollaría considerablemente más vinculándola al dominio o poder. En lo personal creo más esencial esta iniciativa de desarrollo, de superación y de despegue de la mediocridad masiva, usando la palanca de la intención de estimar ser mucho más fuerte, de estimar medrar, como apunta en su obra “El crepúsculo de los ídolos”(5 ) . Para Nietzsche lo que está vivo no posee un sentido trascendente, pero sí hay un sentido inmanente destinado hacia un desarrollo de intensidad hacia el éxito. Pues la auténtica intención solo puede ser intención de desarrollo del poder de la vida. Nietzsche solo comprende la autoconservación en una lógica de desarrollo esforzado. Un ser solo se mantiene en el momento en que medra, acentúa y prolonga. Lo vivo actúa subyugando como desarrollo energético que es. Desarrollo, a propósito, sin un cuadro superior y también invisible. Dilución del nihilismo Y aquí empieza el centro de mi reflexión de el día de hoy. Pues sin ese triunfo de la intención expresado por Nietzsche, resulta irrealizable la dilución del Nihilismo. Ahora apareció la keyword. ¿Qué es el Nihilismo? ¿Cuál es su origen y efectos? Nihilismo significa «valor de nada». La vida consigue valor de nada en el momento en que algo se ubica sobre ella, anula su valor y la deprecia frente “esa cosa”, lo que piensa una operación imaginaria, una ficción que segrega unos valores pretendidamente superiores que proceden de un planeta suprasensible. Hablamos de situar sobre la vida un planeta eidético muy elaborado ahora desde Platón y remachado por la Escolástica y doctrinas siguientes, por el que se sobreponen a esta vida unas creaciones complicadas en las que se articulan las esencias, los secretos, lo inalcanzable, el bien y lo verdadero. Esta vieja vieja de meditar se integra en el poder, con el propósito de gobernar el pensamiento y la acción humana, tal es así que la intención quede presa y domeñada a través de un trámite tan listo como eficiente: la creación del sentimiento de culpa, sin renunciar -por fuerza provocando sentimiento de culpa, temor ética y terror físico. Hablamos de anular la intención, de negarla como señalaría Gilles Deleuze en su increíble obra sobre el pensamiento nietzscheano (6). La culpa halla su origen en el resentimiento: se crea una mala conciencia que actúa como una camisa de fuerza ética para contener al rebelde, el fuerte a través de la astucia y la manipulación que se ocultan bajo la ética de la renuncia y abnegación impuesta sobre bases mnemotécnicas como afirmaría Foucault. O sea, la culpa y la mala conciencia no tienen otro origen que el ideal ascético impuesto tras la rebelión del rebaño. Este ideal ascético-espiritual se identifica por llevar a cabo del despliegue del poder, de las fuerzas ascendientes de la vida, algo culpable, poco responsable y erróneo. «Hicieron de la intención algo malo -apunta Deleuze a la obra ahora citada- aseverando que había que rectificarlo, frenarlo, limitarlo, e inclusive negarlo, suprimirlo». La asociación de las ideas religiosas de cualquier índole con los poderes políticos fué, y todavía es en ciertos sitios, una coalición provechosa e inclusive indispensable para el sostenimiento de varios regímenes políticos y controlar a sus ciudades ignorantes o entusiastas.

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