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En su último libro, por ahora, Eugenio Trías nos da una visión bastante sistemática del grupo de su anterior producción filosófica, una obra ahora bastante amplia y extensa y también influyente, sobre la que han abundado las críticas enfrentadas. Trías es normalmente reconocido como un creador de relevancia que, no obstante, no termina de lograr la recepción que merece sin ningún género de dudas. Con independencia de las causas que tengan la posibilidad de deducirse de la condición deseablemente poco proclive a la mitomanía de los que leen de filosofía, la auténtica causa de la relativa desatención que hace la obra de Trías (atención que, en todo caso, está bastante sobre la que se presta a la mayor parte de sus pares en edad y condición académica) radica en la extrañeza que puede ocasionar tanto la filosofía misma como la manera concreta donde Trías la genera. El día de hoy se dan, al tiempo, 2 condiciones que militan en oposición a una aceptable recepción académica de las ideas de Trías: la mayor parte de los instructores, por una parte, se entregan a tareas de experto, o sea, hacen filosofía tal y como si estuviesen realizando ciencia, actúan de conformidad con los cánones de las gacetas de todo el mundo (y nacionales) de las respectivas especialidades (dicho de otra forma: escriben para enseñar sus lecturas y a fin de que sus colegas los lean, cosa que tampoco sucede); y, seguidamente, quienes cultivan el ensayo acostumbran a llevarlo a cabo de manera mucho más interdisciplinaria (por decirlo de alguna manera), esto es, sin el rigor conceptual que cultiva Trías. Nuestro creador redacta tal y como si fuera un pensador y esto se acostumbra llevar mal por quienes estiman que esta condición es exageradamente honorable para cualquier mortal, en especial en el momento en que indudablemente lo es para ellos.

Muere a los 70 años entre los enormes pensadores de nuestro tiempo y responsable directo del renacer de la filosofía de la religión en España

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Eugenio Trías (Barcelona, ​​1942-2013) acostumbraba a reiterar que “somos capaces pues nos entendemos fatales”. Lo había escrito en Por qué razón requerimos la religión (2000). “Somos fatales, vamos a morir: esta es nuestra única ‘ciencia precisa’ –agregaba–; de ese comprender (que todo humano tiene) quita todo comprender, toda ciencia, su patrón de seguridad, de prueba y de precisión”. Su muerte, a sus 70 años –un cáncer de pulmón– nos deja la seguridad, la prueba, la precisión que muere entre los enormes pensadores de nuestro tiempo.

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