ciencia versus religión un falso conflicto stephen jay gould pdf

Y también • Preámbulo escribo este libro para enseñar una resolución alegremente fácil y absolutamente usual a un tema tan cargado por la emoción y por el peso de la historia que cualquier camino expedido frecuenta transformarse en algo recubierto por una confusión de disputa y confusión. Me refiero al supuesto enfrentamiento entre ciencia y religión, un enfrentamiento que solo existe en la cabeza de la gente y en las prácticas sociales, no en la lógica o en la herramienta correcta de estos temas totalmente distintas, así como vitales. No presento nada original al elaborar la proposición básica (mientras que quizá reclamo una alguna inventiva en la decisión de las ilustraciones); pues mi razonamiento prosigue un fuerte consenso que fué recibido a lo largo de décadas por esenciales pensadores, tanto científicos como religiosos. Nuestras opciones para la síntesis y unificación acostumbran a evitar admitir que varios inconvenientes vitales de nuestra complicada vida hallan una mejor solución bajo la estrategia opuesta de la separación respetuosa y de principio. La gente de buena intención desean que la ciencia y la religión estén en paz, que trabajen juntas para enriquecer nuestra vida práctica y ética. Partiendo de esta idea respetable, la multitud quita en ocasiones la inferencia equivocada, en el sentido de que la acción conjunta supone metodología y materia recurrentes; en otras expresiones, que alguna composición intelectual superior logrará unificar la ciencia y la religión, así sea infundiendo en la naturaleza una imparcialidad conocible de piedad o dirigiendo la lógica de la religión hasta una invencibilidad que al final va a hacer irrealizable el ateísmo. Pero, de la misma el cuerpo humano necesita para su subsistencia tanto alimento como sueño, el precaución conveniente de alguno todo debe valerse de contribuciones dispares que proceden de partes independientes. Debemos vivir la plenitud de una vida completa en muchas mansiones de un vecindario que harían las exquisiteces de cualquier letrado moderno de la variedad. No veo de qué forma la ciencia y la religión podrían unificarse, no sintetizarse, bajo un plan común de explicación o análisis; pero tampoco comprendo por qué razón las dos compañías deberían presenciar ningún enfrentamiento. La ciencia procura documentar el carácter propósito de todo el mundo natural y desarrollar teorías que coordinen y expliquen estos sucesos. La religión, en cambio, trabaja en el reino del mismo modo esencial, pero completamente diferente, de los objetivos, significados y valores humanos, temas que el dominio propósito de la ciencia podría alumbrar, pero jamás solucionar. De manera afín, al tiempo que los científicos tienen que accionar a través de principios éticos, ciertos concretos de su práctica, la validez de estos principios jamás se puede deducir desde los descubrimientos objetivos de la ciencia. Sugiero que encapsulemos este principio básico de la no interferencia respetuosa (acompañado de un diálogo profundo entre los 2 temas distintas, todos los que cubre una faceta primordial de la presencia humana) enunciando el principio de los magisterios que no se sobreponen, a qué por abreviar voy a llamar MANOS. Confío en que mis colegas católicos no se van a tomar mal esta apropiación de un término común en su alegato, puesto que un magisterio (del latín magister, o profesor) representa un dominio de autoridad en la enseñanza. Magisterium es, admitámoslo, una palabra insustancial, pero pienso que el término es tan magníficamente correspondiente para la iniciativa central de este libro que me arriesgo a imponer esta novedad al vocabulario de varios leyentes. Esta solicitud de indulgencia y esfuerzo al lector asimismo incluye una condición: por favor, no se confunda esta palabra con otras que son prácticamente sinónimas pero cuyo concepto es muy distinto: majestad, majestuoso, etcétera. (una confusión común por el hecho de que la vida católica asimismo muestra actividad en este campo distinto). Estas otras expresiones derivan de una raíz (y por una ruta) diferente, majestas, o majestad (que en último caso procede de magnus, grande), y también comprometen dominación y obediencia incuestionable.

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Un magisterio, en cambio, es un campo en el que una manera de enseñanza tiene los útiles correctos para el alegato y la resolución significativos. En otras expresiones, debatimos y sostenemos un diálogo bajo un magisterio; caemos en el respeto discreto o en la obediencia impuesta frente a una majestad. En resumen, con algo de reiteración, la red, o magisterio, de la ciencia cubre el reino empírico: de qué está hecho el cosmos (situación) y por qué razón marcha de la manera que lo realiza (teoría). El magisterio de la religión se prolonga sobre cuestiones de concepto último y valor ética. Estos 2 magisterios no se solapan, ni engloban todo el campo de indagación (considérense, por servirnos de un ejemplo, el magisterio del arte y el concepto de la hermosura). Por refererir los tópicos frecuentes, la ciencia consigue la edad de las rocas, y la religión el estremecimiento de las edades; la ciencia estudia de qué manera van los cielos, y la religión de qué forma ir al cielo. Voy a investigar este principio de MANOS como una solución al falso enfrentamiento entre ciencia y religión en 4 episodios: el primero, una introducción fundamentada en 2 cuentos y contrastes; el segundo, una caracterización y también ilustración de MANS así como la desarrollan y la afirman las dos instituciones, la ciencia y la religión; el tercero, un esbozo de las causas históricas para la presencia del enfrentamiento, al paso que no debería existir ninguna; y el cuarto, un comprendio de las causas sicológicas para exactamente el mismo falso enfrentamiento, con una sugerencia final por el sendero de la mejor interacción. Deploro la presente inclinación a la confesión literaria, generada por la fusión que nuestra cultura hace de 2 conceptos radicalmente diferentes: la celebridad y la situación popular. No obstante, acepto que los temas intelectuales de semejante importancia personal imponen un cierto deber de revelación por la parte del creador, al tiempo que el ensayo, como género literario, fué definido como discusión de ideas en general en contextos personales ahora desde el momento en que Montaigne acuñó el nombre en el siglo XVI. Permítanme, ya que, resumidamente, proponer una visión nacida de mi ontogenia accidental. Medré en un ámbito que me parecía absolutamente usual y carente de interés, en una familia judía neoyorquina que proseguía el patrón general de ascenso generacional: jubilados inmigrantes que comenzaron a factorías explotadoras de los obreros, progenitores que alcanzaron las filas inferiores de las clases medias, pero que no tenían estudios superiores; y mi tercera generación, destinada a una educación universitaria y una vida profesional para cumplir el destino diferido. (Recuerdo mi incredulidad en el momento en que la mujer de un compañero inglés de «buena crianza» halló que este ambiente era al unísono exótico y impresionante. Recuerdo también 2 accidentes que destacan el localismo radical de mi aparente refinamiento en el momento en que era pequeño en las calles de Novedosa York: primero, en el momento en que mi padre me mencionó que el protestantismo era la religión más habitual en América, y no lo creí por el hecho de que prácticamente todo el planeta en mi vecindario era católico o judío, correspondiente a las clases obreras emergentes de Novedosa York, irlandeses, italianos y de europa orientales, el único planeta que yo conocía… Segundo, en el momento en que mi único amigo protestante de Kansas City me presentó a sus abuelos, y no le creí… por el hecho de que charlaban un inglés sin acento, y el mi término de «abuelo» jamás había ido alén de los inmigrantes de europa). Había soñado con transformarme en un científico por norma general, y en un paleontólogo particularmente, desde el instante en que el esqueleto de Tyrannosaurus me impuso respeto y me atemorizó en el Museo de Historia Natural de Novedosa York en el momento en que yo tenía cinco años. Tuve la enorme y buena fortuna de hallar estos objetivos y querer mi trabajo con una alegría total que sigue en la actualidad, y sin un solo instante de duda o aburrimiento que dure bastante

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